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Crónica de una crónica de guerra

12 de Septiembre de 2016 • 3:43 pm
El pasado 9 de septiembre llegaba a las carteleras la última película del director Koldo Serra. Una segunda entrega cinematográfica con ambiente de superproducción que cuenta con la colaboración de artistas como Maria Valverde o James D´Arcy. Hoy en Koboonga acudimos al cine para contarte de primera mano todo lo que tienes que saber sobre la cinta.
Imagen del rodaje por Aritz Atela

Gernika. 26 de abril de 1937. Un día como otro cualquiera turbado por la incertidumbre de las próximas noticias sobre la guerra. Sus nobles habitantes se agolpan en el mercado de la plaza mientras el traqueteo de los burros transportados resuena en el suelo de esta pequeña localidad vizcaína. Un suelo que sirve de sustento para las raíces del solemne árbol, pero un suelo que, desgraciadamente, sirve también como campo de prácticas para los bombarderos de la Legión Condor Alemana, con el beneplácito del ejercito franquista. En mayor o menor medida, todos conocemos la barbarie que asoló Gernika durante la Guerra Civil Española. Para la población civil supuso una innecesaria y cruenta masacre, pero para la industria bélica fue el precedente de una de las técnicas de guerra más crueles en la historia de la humanidad, la cual alcanzaría el cénit de su sofisticación con el bombardeo indiscriminado de civiles en Hiroshima y Nagasaki por parte de los EEUU durante la II Guerra Mundial. Casi 80 años después, nadie se había interesado por adaptar a la ficción este borrón de la historia española reciente, hasta que el bilbaíno Koldo Serra decide ponerse a los mandos de este drama bélico y firma una cinta que aspira a las mismas cotas de internacionalidad que el homónimo cuadro de Picasso con el que el mundo conoció la tragedia.

Es necesario precisar que el relato que cuenta Gernika, la de Koldo Serra, es la historia de amor entre Henry (James D’Arci) un periodista americano y Teresa, (Maria Valverde) censora oficial del entonces gobierno republicano. El bombardeo de Gernika está presente, si, y también saca mucho ruido, pero también hay que decir que solamente sirve como telón de un romance transnacional en tiempos de guerra, al más puro estilo Pearl Harbor. Odio y amor componen una dicotomía puramente humana, son las dos grandes pulsiones que nos mueven, son lo que somos y lo que nos define, y como en la mayoría de historias de la gran pantalla, en Gernika también hay odio y amor a granel. Para su director Koldo Serra, y su trío de guionistas, José Alba, Carlos Clavijo y Barney Cohen, el romance como piedra angular e hilo conductor era indispensable para hacer a la trama avanzar, pero es, precisamente, este elemento basal el que más se tambalea. Sus dos protagonistas no terminan de cristalizar esa química tan necesaria para que el espectador se crea su historia y la red de tramas subyacentes acaban por diluirse en la principal.

Resulta encomiable abordar la historia desde el prisma de los reporteros de guerra, genuino me atrevería a decir, pero uno no sabe a que palo agarrarse hasta que llega el bombardeo. De forma sintetizada, me ha parecido estar asistiendo ante unos personajes al servicio del guión, en lugar de un guión al servicio de los personajes. No da la sensación de que los giros en la trama sean el resultado de sus propias decisiones, sino que son ellos los que cumplen los designios del guión, lo que propicia que su arco emocional y los catalizadores de la trama no se tracen progresivamente, sino de forma abrupta y atropellada. El problema de Gernika no radica en sus aspectos formales rigurosamente cuidados, ni tampoco en la elección argumental, sino en la forma de articular y confeccionar su discurso narrativo, es decir la trama.

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Imagen del rodaje por Aritz Atela

La cinta hace alarde de una puesta en escena y una dirección magistrales ejecutadas por un director que ha hecho del pragmatismo su mejor bandera y que con solo 6 millones de euros como presupuesto consigue sacarle los colores a alguno de los blockbusters más despilfarradores de la factoría Hollywoodiense. La dirección de fotografía trazada por Unax Mendia sabe representar con artesanía y estilo propios la crudeza del gris guerra y recoge la esencia del estado de ánimo y la atmósfera típicos del txirimiri vasco. Qué decir de todo el trabajo de arte, vestuario y peluquería que desprenden olor a Goya por todos los costados, de la mayoría de decorados reales y de la admirable labor de producción que ha sido tan creativa como la inventiva de Koldo Serra.

En Gernika hay mucho cine, épico además, del que nos mostraban los grandes maestros, hay trazas de Spielberg, de Scorsesse y de Peckinpah, hay todo un rosario de guiños que al descubrirlos resultará una experiencia placentera para el más ávido de los cinéfilos. Hay cine de espías aderezado con épica de guerra y hay pequeños homenajes a figuras tan célebres como Gerda Taro o Robert Cappa y Bilbao luce espléndido durante los años 30. ¿Hay que ver Gernika?, si, y además sería un pecado no verla bajo el contexto litúrgico de la sala de cine, solo por el apoteosis de la secuencia del bombardeo todos y cada uno de los minutos del metraje merecen la pena, nunca se ha visto nada tan épico y espectacular en la historia del cine español. Gernika exhibe un profundo respeto por el cine y por la memoria histórica española, tened, por favor, la deferencia de acercaros al cine y recompensar a un director que, 10 años después de su opera prima,  ha tenido el coraje de rodar una historia que nunca nadie se había atrevido a contar y que ha logrado facturar una superproducción con un presupuesto que fuera de nuestras fronteras resultaría irrisorio.

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Analizamos la última película del director vasco Koldo Serra